“En el presente primer quinquenio del tercer siglo de la Humanidad la fe en las virtudes de la comunicación para promover la construcción del desarrollo democrático se mantiene en pie en Latinoamérica, en cierto grado y en algún modo, tanto en la práctica operativa como en la teorización profesional. Sucede esto pese a que la gran mayoría de los gobiernos aún no la entiende a cabalidad ni la aprovecha plenamente y a que, lamentablemente, se la enseña apenas en un puñado del millar de facultades de comunicación con que cuenta hoy la región” (Luis Beltrán).
Dos enfoques teóricos han predominado en la Comunicación Para el Desarrollo, clasificados por Servaes como el Modelo de Difusión y el Modelo Participativo.
El Modelo de Difusión se relaciona con el Paradigma de la Modernización, manifestándose en teorías como la difusión de innovaciones y el flujo de dos pasos propuesto por Lazarsfeld para explicar las influencias interpersonales en el proceso de comunicación de medios. En esa misma línea de la influencia personal, Katz profundizó en estudios sobre la adopción de innovaciones en el tratamiento de la salud, que confirman la predominancia de los líderes de opinión en la divulgación de nuevas prácticas e ideas.
En el fondo, el paradigma de la modernización afirma que la función de la comunicación es transferir innovaciones tecnológicas y generar predisposición para el cambio entre los sectores menos modernos; trata en definitiva de cambiar actitudes y alterar las conductas habituales. Esta perspectiva, cercana al evolucionismo, unidireccional y paternalista es contestada desde perspectivas que favorecen una comunicación horizontal y de doble vía, según las cuales es necesario incrementar la participación de las personas en su propio desarrollo, ofreciéndoles la posibilidad de comunicar sus propias necesidades y expectativas (Servaes).
Esta clasificación coincide con la planteada por Rosa María Alfaro (1993), quien distingue entre dos concepciones: la comunicación como difusión y efecto, y la comunicación como una relación. En esta segunda perspectiva, se alinea con los hermanos Mattelart para proponer un enfoque de “retorno al sujeto”, visión según la cual “el proceso de comunicación se construye gracias a la intervención activa de actores sociales muy diversos. La necesidad de identificar al otro tiende a ser reconocida como un problema decisivo” (Michelle y Armand Mattelart).
De esta forma se plantean nuevos enfoques de la Comunicación Para el Desarrollo, destacándose la importancia de conocer al receptor o beneficiario y la realidad concreta en que éste se inserta. A partir de ello, se promueve una interlocución que refuerza los proyectos de desarrollo y favorece su apropiación por sus destinatarios (Vásquez).
Bajo esa perspectiva, denominada Comunicación Para Otro Desarrollo, Rosa María Alfaro indica: “Si consideramos a la comunicación como una relación de interlocución entre sujetos, que influye en ambos, porque los compromete, en relación con su entorno, aceptaremos que las acciones de desarrollo suponen actividades constantes, cambiantes y cotidianas entre sujetos, aunque uno sea más fuerte que el otro. Proponer y realizar acciones de desarrollo apela a la construcción de relaciones subjetivas entre los que participan en ellas, que deben considerarse, aunque éstas sean difíciles de planificar”.
En definitiva, este modelo utiliza como elementos centrales a la identidad cultural, la democratización y la participación; cambiando el eje anterior (difusión) que correspondía a los medios y sus efectos, hacia los receptores de la comunicación, cuya participación es clave en la comprensión del tipo de desarrollo requerido. En este caso, la comunicación genera un clima de confianza y mayor comprensión de la diversidad, facilitando la bidireccionalidad del flujo de información, además del compromiso y colaboración recíproca de los grupos de desarrollo.
Uno de los elementos centrales que aporta esta visión de la Comunicación Para el Desarrollo, es la definición de un proceso de intercambio de significados, donde cobran importancia el contexto social, los patrones de relación y las instituciones intervinientes.
“Habría que indicar, entonces, qué tipo de rol se le asigna a los destinatarios de los proyectos y qué relaciones posibles hay que promover. Y como toda relación, debemos asumir que ésta puede ser asimétrica. Por ejemplo el que propone un proyecto, ya construye un lugar y un rol frente al que supuestamente recibe utilidades y puede reproducir las mismas desigualdades que se quieran cuestionar. Cada contacto, cada exposición a discursos y quehaceres produce interacción, moviliza al sujeto a seleccionar, interpretar, modificar, valorar, apropiarse y usar lo que interpreta en una perspectiva u otra, sin que sepamos cuál es. La implementación de proyectos va así construyendo a cada participante, sus expectativas y demandas, inclusive sus formas de ser y vivir con los demás. No podemos descansar en formulaciones utópicas lejanas o románticas y ambiguas, sino aceptar y procesar las desigualdades que toda acción de desarrollo pone en actividad” (Alfaro).
Esta visión comienza a incorporar la necesidad de reconocer la complejidad de los grupos, más aún cuando son configurados desde la teorización de un proyecto de desarrollo. Es allí donde, con Mauro Wolf, se puede indicar que los aportes de métodos de conocimiento más profundo y de carácter cualitativo, como la etnometodología, podrían ser de gran importancia.
Pero ese proceso investigativo puede suponer una posición privilegiada; surge entonces la duda de hasta qué punto el conocimiento profundo de una comunidad puede ser un aporte y hasta dónde puede ser el inicio de un proceso de dominación o inducción forzada del cambio social. Siguiendo a Rosa María Alfaro se puede señalar que el establecimiento de una “relación” es el enfoque propicio; es decir, que todos los grupos involucrados se entregan al proyecto de forma similar, entendiendo que el proyecto de desarrollo involucra experiencias y aprendizajes en doble dirección, por lo que cada cual debiera entregar sus aportes esperando recibir a cambio los del Otro.
En esa misma dirección, surgen en la última década nuevos aportes en la Comunicación Para el Desarrollo, entre los que destacan los conceptos de sustentabilidad y cambio social.
Este último concepto, que supone un nuevo enfoque, fue desarrollado con el apoyo de la Fundación Rockefeller hacia finales de la década del ’90, bajo la denominación de Comunicación Para el Cambio Social, definiéndolo como “un proceso de diálogo, privado y público, a través del cual los participantes deciden quiénes son, qué quieren y cómo pueden obtenerlo. De este concepto surge el planteamiento de que las comunidades deben ser actoras protagónicas de su propio desarrollo, de que la comunicación no debe ser necesariamente sinónimo de persuasión sino primordialmente mecanismo de diálogo horizontal e intercambio participativo y que, en vez de centrarse en forjar conductas individuales debe hacerlo en los comportamientos sociales condicentes con los valores y las normas de las comunidades” (Beltrán).
Amparo Cadavid señala que “Esta nueva denominación tiene, de alguna manera, un origen en querer diferenciarse de la comunicación para el desarrollo y significar un paso hacia adelante. Tal vez el factor más complejo que se ha enfrentado para llevar esta diferenciación lo constituyen las dificultades que hemos tenido para entender desarrollo de una manera semejante, lo que hace que comunicación para el desarrollo pueda ser cualquier cosa”.
El nuevo enfoque copa hoy la preocupación teórica por la comunicación en el desarrollo. El proyecto Cambio (Change Project) promovido por la Fundación Rockefeller Organización Panamericana de la Salud, la Fundación Rockefeller y el Proyecto Cambio de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, ha generado a partir de su conferencia “Competencias: Comunicación para el desarrollo y el cambio social”, un documento denominado Mapa de competencias de la comunicación para el desarrollo y el cambio social: Conocimientos, habilidades y actitudes en acción.
El mapa funcional indica que el propósito clave de la comunicación para el desarrollo y el cambio social es “Utilizar la comunicación para facilitar los esfuerzos de las personas por lograr mejoras sostenibles en el bienestar individual y colectivo”. (Fundación Rockefeller, Change Project. Mapa de competencias de la comunicación para el desarrollo y el cambio social: Conocimientos, habilidades y actitudes en acción).
En tanto, las funciones clave son:
1. Permitir o facilitar el diálogo con las comunidades y al interior de éstas en apoyo a procesos sostenibles de definición de políticas y toma de decisiones y fijar metas viables que requerirían la contribución de enfoques de comunicación.
2. Utilizar estrategias, métodos y recursos de comunicación para alcanzar las metas actuales y fortalecer la capacidad de abordar los problemas de desarrollo futuros y las cuestiones relacionadas con el cambio social. (Fundación Rockefeller, Change Project, 2002. Mapa de competencias de la comunicación para el desarrollo y el cambio social: Conocimientos, habilidades y actitudes en acción).
El Mapa de competencias de la comunicación para el desarrollo y el cambio social, evidencia la necesidad de contar, además de un dispositivo teórico que dé cuenta de la complejidad del proceso y sus actores, con un dispositivo instrumental que permita actuar estratégicamente en el ámbito de la comunicación, utilizando óptimamente los recursos disponibles (económicos, sociales y humanos), para actuar en conformidad a los objetivos trazados.
Si observamos este devenir teórico desde una perspectiva de Sistemas se puede identificar las relaciones de sentido que se producen entre los grupos diversos que caracterizan a los programas de desarrollo, que parten con un acercamiento entre la institucionalidad y los sujetos protagonistas de posibles soluciones a problemas sociales.
Esta base se plantea como clave para llegar a establecer la comunicación como una relación sostenible y como un diálogo basado en confianzas centradas en el reconocimiento de la diferencia.
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